3.1.10

EL VIENTRE DE LA TIERRA



Me acerqué a la entrada de roca abierta, a la vagina húmeda que abría el paso a tu vientre sagrado. Sentí tu aura, como la había sentido en la antesala redonda custodiada por árboles de copas altas que susurraban al viento y a la lluvia su canción de invierno. Experiencia de agua que se derrama sobre la piel de la tierra portando en sus gotas la luz de las estrellas. Agua que refresca el fuego herido y limpia y despierta al niño dormido, le ofrece alimento, lo mece y lo duerme envolviéndolo con amor, calma y silencio. No es un mundo de sueño. Es un despertar desde dentro, desde el centro, desde el núcleo mismo de la vida. El niño dormido no tiene que ver, ni hablar, ni callar, ni sentir. Sólo tiene que ser, envuelto en el cuidado materno que le ofrece el sustento de su sangre de agua transparente y luminosa.
       Tu me llamaste, Madre Tierra, Madre Cueva, y me trajiste a tu espacio para compartir la sabiduría de un tiempo muy viejo y también un tempo, tu tempo, que a los ojos humanos transcurre muy lento. Con tu ritmo profundo cantas tu canción sagrada, aún resguardada del viento, la expandes a través de tus arterias profundas, bañando con tu Gracia al mundo entero. Alimento subterráneo de las raíces que darán cosechas abundantes, y de los pilares de aquellos que con su sombra protegen los brotes tiernos, las plantas crecidas, las ramas que darán frutos en otro tiempo.
       Tu me llamaste y sentí la bienvenida refrescante de tu carne hecha hueso. Huesos de tierra y de agua que aún siguen creciendo, y con los que adornas tu vientre sagrado. Huesos hijos de tu creación constante, que diseña formas nuevas que tal vez ningún ojo humano vea. Ondas cantarinas de una y mil voces superpuestas, que provienen de la danza de tu sangre de agua al correr por las paredes de tu vientre y golpear tus órganos internos. Como una orquesta que refresca el alma, me deleitas con tu armónica belleza, y con esa misma gracia das a luz formas que maravillan con su magia a quienes las observan. Madre Tierra, danzo tu belleza sagrada, con el ritmo lento que pulsa en el vacío de tu forma que todo lo llena de alegría, de vida plena.
       Aún hoy sigues creando formas nuevas, registros y memorias que quizás nadie lea. Útero sagrado hecho gruta, que ofreces tu silencio al espacio infinito que te envuelve y en el que te recreas. Tierra de roca labrada por el beso que el discurrir de las aguas te ha regalado durante milenios. Beso que despierta pequeños ecos y condensa la materia para tu creación. Despertamos del sueño y nos descubrimos como fetos a punto de salir a una vida nueva, a través de la alianza de la tierra, la roca y el agua, tinta derramada para sustentar la creatividad del mundo, la obra nueva, la obra ligera, desnuda, libre de sus cargas.
       Mujer sagrada, que llevas dentro de ti la cueva de tu útero, deja que las cosas se hagan, limpia tus aguas, nutre tu carne, concédete el reposo suficiente para que la vida nueva se geste. Viaja hasta tu cueva sagrada, refresca el fuego herido, deja que la perla se forme, que el embrión de una consciencia nueva se prepare para nacer. Eres otra mujer ya, distinta a cada momento y el tiempo ha de llegar en que la gruta de la Tierra Madre se abra para ofrecer sus frutos de brillantes gemas al Padre que la fecunda, la protege y la espera, danza con ella desde hace tanto tiempo y hasta la eternidad.


0 comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...